lunes, 27 de septiembre de 2010

Un deseo de conocerse y tratarse insatisfecho, artificiosamente contenido...

Dice Thomas Mann en Muerte en Venecia:

"Nada resultaba más extraño ni más irritante que las relaciones que se establecen entre hombres que sólo se conocen de vista, que diariamente, a todas horas, se tropiezan, se observan, viéndose obligados, por la etiqueta o por capricho a no saludarse ni cruzar palabra, manteniendo el engaño de una indiferencia perfecta. Se produce entre ellos inquietud e irritada curiosidad. Es la historia de un deseo de conocerse y tratarse insatisfecho, artificiosamente contenido, y, en especial, de una especie de estimación exaltada. Pues el hombre ama y honra al hombre mientras no puede juzgarle. Y el deseo se engendra por el conocimiento defectuoso."


Hoy me escribieron este fragmento que es lo mismo pero no:


"Nothing is stranger, more delicate, than the relationship between people who know each other only by sight, who encounter and observe each other daily, even hourly, and yet are compelled by the constraint of convetion or by their own temperament to keep up the pretense of being indifferent strangers, neither greeting nor speaking to each other."



sábado, 25 de septiembre de 2010

"El nombre más hermoso que haya tenido jamás una generación de escritores"

Así empieza Francisco Rodríguez, en su blog Narrativa Breve, una nueva nota sobre "los inexistentes":

La Generación de los inexistentes

¿Qué es la generación de los inexistentes? Pues para empezar, es -conste que se trata de una opinión muy personal- el nombre más hermoso que haya tenido jamás una generación de escritores. Que se debata sobre algo que no existe (aun existiendo) tiene cierto trasfondo, ¿cómo diría yo?, teológico a la inversa...

Pero dejemos a un lado la belleza de la percha para centrarnos en la prenda. La Generación de los inexistentes (así es como los llamó Jaime Mesa), o Generación de los 70' (así los llaman los prosaicos que prefieren prescindir de la paradoja poética), es un grupo de autores mexicanos nacidos entre 1970 y 1979 que viene pujando muy fuerte, aunque, según dicen, son más las circunstancias que los separan que las que los unen.

Ningún aficionado a la literatura latinoamericana actual debería pasar por alto este reportaje, publicado el 28 de mayo de 2008 en El Universal con la firma de Yanet Aguilar Sosa.



jueves, 8 de julio de 2010

"No es alemán..."

"No es alemán, pero Puyol es un gigante, alguien capaz de volar por encima de los himalayescos defensas germanos sin mal de altura. Lo hizo en un saque de córner lanzado por Xavi en el minuto 73, como si fuera un trapecista, con Piqué al quite en su nuca. Un gol para la mitología española, como el de Zarra en Río de Janeiro, como el de Marcelino en Chamartín, como el de Fernando Torres en Viena."
José Sámano

domingo, 4 de julio de 2010

"El cataclismo ha ocurrido"

"La nuestra es una época esencialmente trágica; por eso nos negamos a tomarla trágicamente. El cataclismo ha ocurrido. Nos encontramos entre ruinas, y empezamos a construir de nuevo, a tener de nuevo pequeños hábitos, pequeñas esperanzas. Es una tarea ardua: ahora ya no hay un camino fácil hacia el futuro; tenemos que sortear o saltar por encima de los obstáculos. Tenemos que vivir, por muchos cielos que se hayan derrumbado." D.H.L

sábado, 15 de mayo de 2010

"Ese modo que colma", nuevo libro de cuentos de Daniel Sada


El norte de México y el desierto, el autor vuelve a sus territorios favoritos con estos cuentos de infortunio y gozo en los que relampaguea el humor.
Ese modo que colma de Daniel Sada

sábado, 24 de abril de 2010

Hacer literatura no es un deber: Yuri Herrera

"No existe eso que llaman bloqueo de escritor. Si no escribes: o no tienes nada que decir, o no es el momento de decirlo, o eres demasiado perezoso para ponerte a trabajar. En cualquier caso no hay por qué angustiarse, el mundo seguirá girando a pesar de tu silencio. Hacer literatura no es un deber. A nadie le urge un escritor. Si uno entiende eso puede tomarse el tiempo necesario para escribir, sin contentarse con la autoconfesión o la escritura automática, formas de la calistenia. Porque el verbo más importante del oficio es rumiar; la literatura se gesta rumiando. Hay que dejar que a uno se le pudran las historias en la cabeza, que fermenten hasta despedir ese olor que indica que ya están listas para ser puestas en palabras." (Tomado de El País)
Yuri Herrera

miércoles, 7 de abril de 2010

Pere Caselin Giraud, Universidad de Salamanca: Roberto Bolaño-Diiert

Mientras unimos piezas, y buscamos editor en México para la obra del autor islandés Diiert (tres novelas, un libro de relatos, un libro de memorias y dos de varia invención), al inbox de mi amigo Álvaro Hernández le llega este correo que da una pista. Difiere un poco de otras versiones la aquí comentada por Pere Caselin Giraud. Sobre todo en la parte de que Bolaño y Diiert coincidieron alguna vez. Como está de moda que todos "coincidan" con Bolaño puede ser medio en rumor, medio en broma, medio en serio.
Este año Caselin Giraud asistirá a la Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Habrá que interrogarlo un poco. Quizá la Secretaría de Cultura, si logro la gestión, lo traiga para algo en el próximo Festival Internacional de Puebla junto a Claire Keegan.
Mientras tanto, aquí pongo el correo de Caselin.
Advierto lo inevitable: si Diiert y Bolaño se conocieron y ¡más!, jugaron ajedrez temo que el autor islandés se ponga de moda y, eso sí es bueno, se edite en México. Al rato lo estarán leyendo hasta los "farmacéuticos ilustrados", como decía el chileno.
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"A finales de los años setenta, en una pausa que hice tras terminar mi doctorado en la Universidad de Salamanca, coincidí en un balneario de nuestra insigne y actualmente poco valorada Costa Brava con un personaje singular. Un hombre, de aproximados sesenta años, de barba poblada y un extraño y gutural acento que nunca conseguí identificar. Durante el tiempo que estuve ahí, todas las tardes, el viejo salía de su cabaña y se dirigía hasta una caseta de vigilancia, donde solía establecer largas charlas con el velador en turno, un sudamericano venido a menos que por aquel entonces se ocupaba de la seguridad, la limpieza y otras labores non gratas. Charlaban durante horas, y casi siempre, terminaban discutiendo a gritos enardecidos por el alcohol. Traigo a colación estas memorias porque una noche -la última que pasé en el balneario- decidí acercarme a aquellos dos personajes con la intención de integrarme a lo que adivindaba era a esas alturas una juerga con todas las de la ley. Para mi sorpresa los hombres no discutían esa noche, jugaban ajedrez y se intoxicaban con mariguana. Cuando el sudamericano ganó la partida comenzóa festejar con desmesura y a burlarse de su adversario. El viejo se puso de pie y sin mediar aviso, sacó del bolsillo de su pantaloncillo corto un guante de cuero negro con el que abofeteo sin piedad a su contrincante como si lo estuviera retando a un duelo. Luego dio media vuelta y se marcho. Yo partía al día siguiente y no los voví a ver más.Tuvo que pasar una década para que gracias a los esfuerzos de un prestigiado biógrafo inglés descubriera la identidad de aquel extravagante vejete. Como podrá adivinar, era Diiert y no otro con quien me tropecé aquel verano en la Costa Brava. Pero eso no es lo más soprendente. A principio de los noventa, con motivo de mi aniversario mi hija me regaló un libro: Los detectives salvajes. Los episodios que ahí se narran y algunas notas publicadas tras la muerte de su autor escalrecieron la identidad del segundo personaje, el sudamericano aquel que una noche de verano le ganó al maestro Diiert una partida de ajedrez. Remito esta anécdota a manera de homenaje a Diiert y a Roberto Bolaño, los dos grandes genios literarios que nos heredó el siglo veinte.
Se despide muy afectuosamente de usted, el doctor Pere Caselin Giraud, profesor emérito de la Universidad de Barcelona."

viernes, 26 de marzo de 2010

Imposibilidad en Diiert

"Sólo puedo escribir si alguien me hace el relato de esa experiencia; y, además, si esa experiencia ha sido vista con sus propios ojos. Confío en los desvaríos de la percepción que se manifestarán en la emoción de ese espectador y que me dejará ver los tres o cuatro elementos que él ha filtrado y priorizado para su relato. Será un relato parcial, por supuesto. Pero los tres o cuatro elementos que me diga serán la enfermedad de ese espectador. Y eso, la enfermedad específica y peculiar de cada persona es lo que me interesa.
Si alguien viene y me dice: 'acaba de ocurrir un accidente y debes verlo', prefiero esperar a que esa persona vaya, vea y regrese salpicado de vida y me cuente lo que creyó haber visto. Esa miopía, propia de todo ser humano, es la verdadera ventana que nos permite atisbar brevemente el alma humana.
Si yo decido ir y contemplar un hecho, vivir esa experiencia, sacaré mis propias conclusiones, de primera mano, y probablemente me deje contagiar por la fascinante manera en que la vida nos captura. Tengo el temor de que esa sensación que, claramente, alguna vez ya he experimentado, me aleje de la escritura.
Así que ¿escribo por miedo o porque creo que haciéndolo puedo entender un poco más a la humanidad?"
Diiert en el libro "Las bestias negras"

lunes, 28 de diciembre de 2009

Luego del encierro de diciembre...

Algunas líneas sobre lo que leí en estos días:
El Doctor Salt de Gerard Donovan
Su primer libro me sorprendió bastante: un tú a tú entre un asesino y su víctima en una caminata por la nieve hacia el patíbulo (que en este caso era una tumba cavada por la víctima en el suelo duro). Hay conflicto bélico de la Europa del Este de finales del siglo XX. Esta novela se aleja del tema, estilo y técnica del anterior. Desconcentra si uno se quedó con la impresión fatal del primero. Hay mucho humor negro, crítica hacia el sistema (gobierno, laboratorios farmacéuticos) pero sobre todo una muy buena apuesta por la liberación de la conciencia. Eso de los universos paralelos en una sola persona. Bien.

Recorre los campos azules de Claire Keegan
La editorial argentina Eterna Cadencia con una subvención de Ireland Literature Exchange de Dublin publicó en 2008 este libro de cuentos. Sólo 500 ejemplares pero ya en la primera reimpresión. The Guardian para definir este libro dice: “Keegan toma los clichés de la vida rural irlandesa y los hace arder”, lo cual para el público latinoamericano no dice nada porque realmente no podríamos saber cuáles son los clichés de la vida rural irlandesa. Y sí, se pueden intuir. La quietud, las historias familiares, las casas aisladas, la rutina de las madrugadas, la vida quieta, que, en dado caso, es similar a las vidas rurales de muchas partes. Quizá, por eso, fue la parte a la que presté menos atención. Lo realmente importante es la mirada concentrada de intención de esta autora. Toma a los personajes, a las situaciones, a los finales desvanecidos en un puño y los va soltando poco a poco como si fueran granos de sal. No hay una nueva forma de contar, son textos tradicionales pero que aún nos recuerdan que, quizá, entre lo más difícil sigue estando contar una historia. Isaí Moreno me decía hace poco que probablemente este nuevo interés por “contar raro” y experimentar (sin haber conseguido una cima tradicional aún) se debía a eso mismo: a lo difícil de contar una historia. No son historias simples, aclaro. El subtexto, lo que no se cuenta, la segunda línea es terrible. Un buen libro y una sorpresa perdida entre tanto y tanto título nuevo.

Beat the Reaper (Burlando a la Parca, en la edición de Anagrama) de Josh Bazell
Le tenía muchas ganas a este libro por haber leído el capítulo inicial en internet. La velocidad, la inteligencia para ir soltando la información, el relato del detalle aparentemente superficial (un párrafo donde el protagonista describe qué huesos y qué ligamentos le está destrozando a un tipo que lo asalta) y esa calma fría para contar son atributos deseables. Es decir, es el pulso cómo se cuentan las historias en esta primera década. Me gustó esa despreocupada profundidad del narrador protagonista. Además, tenía algunos dejos de The Sopranos que me hacían imposible evitar la lectura. El libro ha estado en varias listas de “los mejores” y todo. Sin embargo, rumbo a la mitad, todos esos atributos “veloces y fríos” se hacen una carga. Hay un par de idas al pasado del personaje que aburren un poco (incluso esa ida a los hornos de cremación nazis) y el autor se preocupa mucho por el pasado cuando lo que parecía importante: un presente donde este protagonista que es testigo protegido luego de estar en la mafia tiene como paciente a otro mafioso que le dice: “cúrame de este cáncer que me está matando o te delato”. Pero, bueno, bien.

La isla de los perros de Daniel Davies
Un tipo que luego de tener éxito en su trabajo renuncia a todo para volver a casa de sus padres para cultivar su pasión: buscar gente teniendo sexo en lugares públicos. Me gusta la entrada donde anuncia que en Londres ya no ocurre nada y critica a la gente que sigue pensando que las grandes ciudades: París, Berlín, New York, Tokio, son el centro del mundo. Él prefiere la provincia porque ahí realmente está la vida. La novela se presenta como un manuscrito escrito por un tipo que comparte habitación con el mismo autor Daniel Davies (luego de que éste es atacado por unos adolescentes en la calle). Davies revisa el texto que básicamente cuenta la historia de la vida del otro convaleciente y se ofrece a publicarlo luego de una limpieza editorial. Tiene prólogo donde se cuenta esto y un epílogo. Quizá sólo el tema sea un tanto radical, la manera de contarlo no. Y esto me entusiasma. Lo importante, para mí, es que la voz narrativa, el tema sexual, la intuición de soledad y cinismo se acerca mucho o comparte muchos ángulos con Foster, el personaje de mi novela. Esto no es relevante para nadie más que para mí, pero tomando en cuenta que esta novela, como la mía, salieron en 2008 en lugares distantes y que no pudo haber ningún indicio de lecturas previas, refuerza la idea de que en muchos lugares se está escribiendo la misma novela. Es, casi, como los escritores de las series de televisión que reúnen sus mentes para un objetivo en común. Claro, aquí se está haciendo en soledad cada uno por su parte.

La absoluta perfección del crimen de Tanguy Viel
Esta novela de 2001 fue publicada originalmente en Les Éditions de Minuit cuando el autor tenía unos 26 años. La historia narrada, otra vez, en primera persona, cuenta un robo a un casino. Ya lo hemos visto muchas veces en Hollywood y en otras películas francesas. El plus, claro, es la conciencia del narrador protagonista, sus observaciones pero, sobre todo, la estructura a partir de la mitad de la novela donde empieza a contar o a recrear lo que sucedió luego de la entrada al casino el 31 de diciembre: lo hace desde la mirada del cautiverio porque la Policía le hace recrear los pasos para conocerlo mejor y capturar a quienes siguen prófugos. Los cabos atados al final durante la venganza también son inteligentes y precisos. Creo que, de cualquier manera, lo grande de esta novela es el título.

Gran Sertón: Veredas de Guimaraes Rosa
Esta nueva traducción de Florencia Garramuño y Gonzalo Aguilar publicada por Adriana Hidalgo este año es simplemente espectacular. Si la novela, un largo monólogo para revelar el Sertón brasileño, la identidad, es ya por sí mismo un lujo, el lenguaje, ritmo y la eliminación de referencias a pie de página para explicar los 8 mil vocablos intricados que usa Guimaraes le dan una vuelta de tuerca a esta novela excepcional. Para mí, un plus fue revisar los manantiales desde donde otro gran autor, este mexicano, Daniel Sada abreva. Sada logró desmontar el tono de ese narrador entre letrado y salvaje que es Riobaldo para dotarlo de un humor, una perspicacia y una violenta velocidad entre pausada y rápida cimentada en el lenguaje. Porque parece mentira la verdad nunca se sabe de Sada y el Gran Sertón de Guimaraes comparten muchos puentes y sobre todo son cimas de la literatura mundial. Leer a Guimaraes es repasar toda la literatura de músculo, de complejidad estructural y de personaje, donde las historias se superponen de la mano de una narrador que lo puede todo.

Señales que precederán al fin del mundo de Yuri Herrera
Una novela que narra la historia de un personaje en busca de algo (su hermano) y que sale de México hasta llegar a Estados Unidos. Nada más y nada menos. Sin embargo, son las 123 páginas más poderosas que haya leído en la literatura mexicana en mucho tiempo. Hay dos puntos que la hacen sobresaliente: la capacidad del autor para resolver y observar el espíritu de estos seres mutantes en que nos estamos convirtiendo. En la narración de Yuri se notan las cicatrices de su vida. Pero no es la historia del dolor de su vida si no la concentración de ese aprendizaje para revelar zonas que son imposibles de mirar desde otras perspectivas más “sanas”. Para escribir una novela como ésta un autor debe vivir mucho. No en años, aclaro. La sintonía conseguida por Herrera es dura, expansiva. Desde un punto específico el narrador abre la historia a través de una historia lineal que no tiene complicaciones artificiosas de estructura o de puntos de vista. Hay un solo punto de vista que tiene la intensidad y las complicaciones de una mente tan afinadas que puede con una sola mirada explicar el mundo, al menos su mundo. El lenguaje es otro hallazgo. Un lenguaje inventado por Yuri Herrera y que le pertenece exclusivamente a él. ¿Hace cuánto no se leía un estilo tan inconfundible? Y que no haya equivocaciones, no es un lenguaje rebuscado o con pistas fáciles de seguir. Parecería un lenguaje normal, entre literario y oral, pero que trasciende por la naturalidad, la eficacia y, paradójicamente, la experimentación que lo dicen todo de una forma clara y precisa. Gran novela y, creo, la primera pieza importante de la generación de los nacidos en los 70 en México.
*
En espera de una reseña:
Morirse de memoria de Emiliano Monge: un intento arriesgado y sólido de reconstruir la memoria alrededor de un fenómeno. La narración se sostiene por el ritmo, por la estructura. La pasión que el autor deja ver en la escritura es el plus.
Habla de lo que sabes de Geney Beltrán: relatos donde nada falla. Precisos, fruto de una madurez intelectual notable.
Los puentes de Königsberg de David Toscana: el ejercicio que desde hace mucho tiempo ejerce Toscana donde elimina las reglas y juega me gusta bastante. Aquí, hay una idea que vale oro: la narración de varios planos temporales en un solo plano espacial.
De los niños nada se sabe de Simona Vinci: si bien estuve a punto de abandonarlo tras las primeras 30 páginas, la parte intermedia y el final son terriblemente deliciosos. Andrés Barba quizo hacer algo similar con Las manos pequeñas pero aquí la intensidad se cumple y destruye los prejuicios acerca de los juegos sexuales entre niños al convertirlos en literatura: es decir, ese lugar desde el cual se puede revisar el mundo higiénicamente pero donde algo dentro de nosotros se quiebra. El final es simplemente aterrador.
Zonas húmedas de Charlotte Roche: cinismo a más no poder pero luego de la vigésima descripción escatológica me rendí. Pensé que había otra intención, un conectarnos con lo animal, un revelarnos como lo que realmente somos y que se nos recuerda cada vez que nos sentamos en la taza del baño o tenemos una nueva urgencia sexual. Sin embargo, la autora rompe un límite que no necesitaba ser roto y deja impecables otros que habría que explorar. Se cae.
Fútbol de Mariño González: desde los relatos de "Vietnam", Mariño demostró ser capaz de contar historias a través de un estilo que parece neutral pero que en su nivel de percepción tiene sus mejores atributos.
Lágrimas de Newton de Daniela Bojórquez: resultón.